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  • Leo Corry

Yom Ha'atzmaut 73: Celebrando los Logros del Genio Judío en el Día de la Independencia

El día de la independencia en Israel, Yom Ha'atzmaut, ha sido tradicionalmente un baluarte anual de alegría compartida entre las diferentes partes de este pueblo muy dividido. El éxito de la campaña de vacunación y la vuelta gradual a una relativa normalidad, se ha reflejado en una sensación generalizada de alivio y cierto optimismo.



Uno de los eventos que atrae atención entre sectores amplios de la población es el acto que marca la transición, que es un poco difícil de describir para quien no lo haya vivido, del día de conmemoración nacional de los soldados caídos y de las víctimas de ataque terroristas a las celebraciones de la independencia. Para ese evento se escogen doce ciudadanos para prender doce antorchas, que representan los mejores aspectos de la sociedad israelí: voluntarios, equipos médicos, artistas populares, etc.


También este año la escogencia fue muy acertada, en su mayoría, y era emocionante escuchar las razones por las que cada uno de ellos había sido escogido. Desde una joven de 18 años que es parte de un grupo de amigos que se voluntarizan para ayudar a ancianos solitarios, pasando por el médico que abrió el primer centro de COVID en el país y ya alcanzó a cerrarlo, hasta dos mujeres muy valientes que se destacaron en su lucha contra la violencia doméstica.





Pero desafortunadamente este evento generalmente emocionante se trasformó—si excluimos la alegría que uno pueda sentir por la existencia de ciudadanos de a pie tan admirables como estos, con sus maravillosas contribuciones—en una acto de culto a la personalidad de nuestro líder máximo y su esposa, en un estilo de idolatría que haría la envidia de Kim Jong-un en Corea del Norte.




Hasta hace dos años ese era un acto que tradicionalmente presidía el Presidente de la Knesset, representando la unidad del pueblo. El Primer Ministro generalmente no asistía, para no molestar (y si lo hacía, siempre era con toda modestia sentándose a un lado en silencio, y dándole todo el escenario a quien presidía el acto.) Pero la pareja real, Sara y Bibi, no podían soportar que la atención de un acto tan popular se le conceda a alguien que no sean ellos, y hace dos años cambiaron totalmente el protocolo.


Lo que recibimos este año fue una dosis insostenible de zalamería y adulación hacia ellos. Interminables imágenes televisadas de la pareja real y agradecimientos al benemérito por su infinita bondad que nos procuró las vacunas y todo lo bueno que tenemos en el reino, y por “concedernos el honor de su presencia” (con esas palabras).


Pero este post lo escribo para comentar sobre una vergüenza más específica que tuvimos que soportar este año de parte del gobierno, alrededor de la ceremonia de entrega del Premio Israel, que se realiza todos los años al final del día de la independencia. La teleaudiencia para esta ceremonia, hay que reconocerlo, no es muy amplia. Obviamente mucha menos gente se interesa por eso, que por los aviones de la aviación israelí que pasan volando en formación por la costa unas horas antes, por ejemplo.


Pero de todas maneras, siempre se considera una ocasión muy especial y festiva en la que el estado, a nombre de todos los ciudadanos, enaltece la contribución de científicos, intelectuales, artistas o gente que ha contribuido de alguna manera muy especial a la sociedad. Ser nominado al premio es un honor de primera magnitud en el país y en la gran mayoría de los casos los galardonados (no todos) gozan de una aprobación muy amplia en la sociedad israelí, independientemente de la pregunta de su orientación política. Bueno … hasta ahora.


Pues bien, otro de los grandes logros del gobierno actual ha sido la intromisión política en el proceso de elección de los galardonados y la contaminación del premio con consideraciones netamente políticas, destruyendo así la atmósfera de solemnidad de lo que es uno de los últimos bastiones de consenso en este país tan dividido. En la categoría de matemáticas y ciencia de la computación, la comisión profesional decidió otorgar el premio a Oded Goldreich por sus trabajos que revolucionaron el área de la complejidad computacional y la criptografía. Es uno de los teóricos de la computación más distinguidos en el mundo, sin lugar a dudas.





Aún en un país como este, donde hay una cantidad incomparable de talentos en esa área, la fama de Goldreich no tiene parangón, y por eso su escogencia fue recibida en la comunidad científica local como obvia y a la vez muy festiva. Pero a los oídos de nuestro ministro de educación se filtró el rumor, de que se trata de una persona con ideas políticas no muy populares en el país, y él decidió aplicar una autoridad que la ley no le concede, para evitar que el día de la independencia de Israel, un izquierdista como Goldrecih sea galardonado en un acto público.


La decisión de Galant atrajo la ira y muchísimas críticas de parte de la comunidad académica, por esta intromisión política sin precedentes. Por supuesto que dado el ambiente político general que reina en estos momentos, Galant también recibió muchísimo apoyo en sectores de la opinión pública que se unen a la condena de todo el que expresa ideas no populares. Decenas de artículos se han publicado en la última semana por miembros ambos bandos.

En las líneas que siguen más abajo, he incluido una adaptación para los lectores de habla hispana de un artículo de opinión que yo publiqué hace unos días en la plataforma digital Sijá Mekomit (Conversación Local). Agregué esta introducción al texto asumiendo que algunos detalles importantes para entender este nuevo escándalo local no están a mano de quien no viva acá. Y aún antes de pasar al artículo mismo, les agrego algunas aclaratorias importantes adicionales.


Empecemos por Yoav Galant, ministro de educación en el actual gobierno. Galant es un general retirado, bastante condecorado en sus años de servicio, que en 2011 estaba a punto de ser nombrado Jefe del Estado Mayor de Tzahal. El nombramiento tuvo que ser cancelado a último momento, porque el periodista Kalman Libeskind trajo al conocimiento público una serie de infracciones sobre las leyes de la construcción que se le atribuían a Galant. Al realizar en años anteriores modificaciones y ampliaciones en su casa en el Moshav Amikam (es más bien una pequeña fortaleza de gusto bizantino, pero bueno - eso no es lo que nos interesa acá) el todavía general Galant extendió su parcela ilegalmente a cuenta de terrenos públicos municipales. Las autoridades locales le advirtieron varias veces y hasta le sacaron una llamado a juicio si no desalojaba inmediatamente los terrenos ilegalmente invadidos.



En vista de esta situación, el Fiscal General de Israel dictaminó que sus infracciones y la negativa de cumplir las decisiones administrativas que se le dictaron, constituyen una dificultad legal de primera magnitud que impide que Galant sea nombrado como Jefe del Estado Mayor. Su nombramiento fue eliminado, y el ahora conocido Benny Gantz fue nombrado en su lugar. Galant es hoy en día el individuo encargado del sistema educativo israelí (y antes de eso fue, irónicamente, ministro de la construcción). Existe una opinión negativa unánime sobre su actuación fallida durante la pandemia, y su falta de capacidad de dialogar en esta época de crisis con las organizaciones de maestros y profesores, padres de los alumnos y los administradores del ministerio, y de ignorar la experiencia y los conocimientos de todos los profesionales del sistema.




Otro punto preliminar importante que comentar es sobre la así llamada Universidad de Ariel. Se trata una institución bastante mediocre, que se creó en los territorios conquistados como una especie de Community College, nunca reconocido por el Consejo de Educación Superior de Israel, y endosado sólo por las autoridades militares, no las académicas, de la zona. En 2012 miembros del gobierno introdujeron una iniciativa para promover el estatus académico y transformarla en “universidad” (otra vez a fuerza de una orden militar, no académica). Aunque para la mayoría de los israelíes se trata de un asunto sin mayor importancia (otras tierras privadas ilegalmente expropiadas a sus propietarios árabes en los territorios conquistados, otra institución en la cual los residente árabes de la zona no pueden estudiar, otra intromisión arbitraria del gobierno en decisiones de naturaleza académica - ¿a quién le molestan esas menudeces, ahora que podemos hacer nuestra parillada al aire libre y viajar a Dubai libremente para comprar barato las mejores marcas internacionales?), la comunidad académica israelí se ha opuesto terminantemente (y sin mucho éxito).


Un punto técnico específico de la oposición es que las directivas de los fondos europeos que financian investigaciones científicas, y de los cuales Israel recibe grandes sumas anuales (dada la calidad de los proyectos que los investigadores locales presentan), han hecho claro que no van a financiar ninguna actividad de esa institución, y que si Israel la reconoce formalmente como otra entre sus universidades, hay peligro directo que toda la colaboración científica entre la UE e Israel se vea afectada y hasta totalmente paralizada.


Habiendo aclarado estos puntos, los invito ahora a leer el artículo que sigue, que refleja mi opinión sobre la actuación de este personaje, Galant, tan inflado de auto-importancia.


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El ministro Galant prohibiría que Einstein reciba el Premio de Israel

(publicado originalmente en hebreo, en Sijá Mekomit - 11.04.2021)


“Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana, y todavía no estoy seguro con respecto a la primera". Este dicho se cita con frecuencia atribuyéndolo invariablemente a Albert Einstein. Es un dicho que siempre suena bien aunque, en la práctica, no hay evidencia de que alguna vez Einstein realmente lo haya dicho. En ese sentido no hay mucha diferencia entre esta y una gran cantidad de proverbios adicionales imaginados que se le atribuyen al gran físico, sin que nadie verifique la autenticidad de la referencia. Pero aun así, la sola mención de la figura tan familiar y respetada en todo el mundo resuena como un gesto muy elegante en cualquier conversación, y le imparte a quien pretende conocerlo de cerca una fragancia de seriedad y profundidad intelectual. Esto es particularmente notable en el caso de algunas figuras públicas, que despliegan visiblemente una imagen de Einstein en su despacho o, quizás mucho mejor, algún libro relacionado con él que—como por casualidad—está actualmente abierto en una alguna página aleatoria, o se exhibe ostentosamente en un lugar de honor en los estantes de su biblioteca.


Así por ejemplo, nuestro respetadísimo ministro de Educación, el general retirado Yoav Galant. Cuando es filmado en su oficina para un reportaje televisivo, se nos asoma claramente por encima de su hombro una colección libros perfectamente ordenados en los estantes—todos ellos probablemente muy serios—de manera que los espectadores no lleguen a dudar de su seriedad y de su idoneidad para llenar un cargo tan importante. Pero entre ellos hay un solo libro, cuya portada puede verse llamativamente: se nos muestra en ella con gran orgullo una imagen icónica del científico, con su famoso bigote y su cabello desordenado ondeando al viento.





Se trata de una biografía publicada en 2007 por el periodista Walter Isaacson.




Y en estos días en que el valiente ministro está llevando a cabo una campaña de persecución ideológica orquestada, muy bien publicitada en los medios y destinada a descalificar la elección del profesor Oded Goldreich (y a amedrentar a todo el que se identifique con sus posiciones políticas), como ganador del Premio Israel de Matemáticas e Informática para el año 2021, no pude evitar asombrarme por la manera tan extraña, y totalmente fuera de lugar, que eligió para presentar su propia persona pública a través de una referencia nada menos que a Einstein.


¿Podemos asumir que el distinguido ministro realmente ve en Einstein un modelo que, a la luz de su cosmovisión y de su personalidad, él mismo cree conducirse en su vida pública? Analicemos brevemente esta interesante pregunta.


Si el ministro Galant se hubiera tomado la molestia de aunque sea hojear por encima, en el libro del cual hace gala ante los espectadores, habría notado enseguida que Einstein pertenece de manera inequívoca a la categoría de aquellos cuyas posiciones políticas son inaceptable e ilegítimas a sus ojos. Lo mismo, sin duda, es válido para esas organizaciones israelíes dudosas (y peligrosísimas) que compilan “listas negras” de intelectuales que ellos clasifican como enemigos de la patria. Precisamente una de esas organizaciones, Im Tirtzu, especialmente perversa, fue la que puso al ministro al tanto de alguna petición izquierdosa que, según le informaron, Goldrecih firmó en su apoyo hace algunos años, y que sirvió como base para el ensañamiento del ministro y para su decisión de inmiscuirse en la decisión del comité que eligió a Goldreich en base a su distinción académica de la primera magnitud a nivel mundial.


Cabe añadir, que organizaciones y listas negras de ese tipo actuaban de manera parecida en la Alemania de los años 30 y persiguieron ensañadamente a Einstein, como a muchos otros, no sólo por ser judío, sino por su crítica constante al gobierno y a la cultura militarista que ellos tanto admiraban en su nación. De hecho, en comparación con las opiniones muy críticas que Einstein generalmente expresaba sobre la manera en que el movimiento sionista materializó lo que para él era en principio una visión justa y prometedora para el pueblo judío, las posiciones políticas de las que el ministro Galant acusa al profesor Goldreich, y por las cuales se ha inmiscuido descaradamente en el proceso de adjudicación del premio, suenan como un dulce himno patriótico.


Le recomendaría especialmente al ministro echar un miradita a la página 520 de la biografía. Ahí se nos cuenta que en los años anteriores a la segunda guerra mundial, Einstein declaró abiertamente su oposición a la creación de un estado judío:


Mi forma de entender la naturaleza propia del judaísmo se resiste a la idea de un estado judío con fronteras, un ejército y un cierto grado de poder transitorio ... Temo el daño interno que sufrirá el judaísmo, especialmente por el desarrollo de un estrecho nacionalismo en nuestras filas. Ya no somos los judíos de la época de los Macabeos.