A Tres Días de las Elecciones

Estamos a tan sólo tres días de las elecciones que se perfilan como las más dramáticas de nuestra historia. Las expectativas, las esperanzas y los temores son enormes. Muchos ciudadanos—sobre todo entre quienes se oponen al bibismo—expresan su ansiedad en términos realmente apocalípticos. La expectativa local y mundial por los resultados que se esperan es muy intensa. Lo más probable es que no habrá una decisión clara y tajante, y es posible que entremos—como muchas veces en el pasado—en un período de incertidumbre marcado por negociaciones interminables, tendientes a formar una coalición, o a decidir que debemos ir a una nueva ronda electoral.
En esta entrega quisiera explicar en líneas generales las perspectivas que se perfilan en estos momentos, en vista a lo que nos espera el martes e inmeditamente después.

Entre sondeos y realidad
En este momento los sondeos presentan un cuadro más o menos consistente en lo que respecta a las posibilidades del bloque de la coaliación actual (bloque Bibi), y de quienes se le oponen (bloque anti-Bibi), pero son muchas las incógnitas que quedan por aclarar. Según los sondeos, es improbable que el bloque Bibi obtenga mucho más de 50 escaños de los 120 de la Knesset. Por su lado, el bloque anti-Bibi sin los partidos árabes, llega a los 55, más o menos. Pero hay que tener en cuenta que el número de entrevistados en los sondeos diarios, que conducen los medios de comunicación mainstream, es típicamente de alrededor de los 500. No mucho más que eso. Es obvio que en una realidad de partidos tan divididos y tan pequeños—entre ellos cuatro o cinco sin historia electoral previa, que no puede determinarse si pasarán o no el umbral mínimo requerido (3,25 % de los votos válidos, equivalente aproximadamente a cuatro escaños, o sea unos 165.000 votos)—la probabilidad de error estadístico significativo es muy alta. Además, muchas secciones de la sociedad israelí se niegan a participar en los sondeos o dan respuestas falsas deliberadamente. Otro dato crucial, que es imposible determinar de antemano, concierne al nivel de abstención que se dará en la sociedad árabe o entre el público bibista decepcionado que quisieran castigarlo de alguna manera, pero que preferirían no dar su voto a nadie que no sea Bibi mismo. Tampoco se sabe cuántos israelíes llegarán del exterior y qué influencia puedan tener sobre los resultados, pero es difícil creer que puedan contribuir en más de un escaño, como mucho, a favor de bloque anti-Bibi.
De manera que deberemos esperar hasta el martes a las 10 de la noche, cuando las cadenas televisivas publiquen sus pronósticos inmediatos basados en anónimas encuestas al momento de votar. Generalmente ellos dan una buena idea del resultado oficial que se espera. Pero dado el estado extremadamente fragmentado del electorado, y la posibilidad de que en algunos casos los votos de quien no pase el umbral vayan al papelero de la basura (y puede que sean no pocos a fin de cuentas), tal vez haya que esperar hasta el conteo oficial final que se da una semana después.

Amenazas de guerra y de violencia interna
Existe una gran preocupación frente a un escenario nada imposible, en el cual—considerando la posibilidad de una inminente derrota electoral—Bibi decida renovar ataques contra Irán, que posponga las elecciones. El ejército está en alerta máxima y el Comité Electoral Central prepara escenarios de misiles el mismo día de la votación. En una encuesta reciente del Canal 13, el 47% de los encuestados declaró que verían un ataque a Irán en este momento, como un acto político sin base real de motivos de seguridad. Se trata de un temor de fondo que es totalmente concreto, dada nuestra experiencia con un primer ministro cuya supervivencia política y judicial está en juego. Hay muchas razones para no dudar que al sentirse acorralado pueda preferir—antes que una derrota en las urnas—una guerra renovada, con su altísimo riesgo en vidas de pilotos, en civiles que tengan que vovler a la rutina de guerra bajo los misiles y en destrucción material. Además, una nueva emergencia de seguridad—verdadera o imaginada— ayudaría a seguir silenciando el debate sobre el 7 de octubre, la economía y el desmantelamiento total del Estado y sus instituciones por parte del gobierno más incapaz y corrupto que ha conocido la historia de nuestro país. Espero que no se dé un escenario así, pero sin duda es posible.

A eso hay que sumarle el miedo a la violencia interna, que es aún muchísimo más palpable que el escenario de una guerra con Irán, y que ya lo sentimos en nuestro día a día. El presidente Isaac Herzog alertó en julio de amenazas internas y externas contra la votación, tras reunirse con el comité electoral y el Shabak. Según el Instituto Israelí para la Democracia, el 70% de los israelíes cree que la integridad de las elecciones está en peligro. Ministros y miembros de la coalición no cesan de incitar contra sus rivales, y en la calle no faltan ataques físicos contra manifestantes.
Existe una enorme preocupación ante la fuerte polarización política que vive el país, la retórica desenfrenada de todos los bandos—pero especialmente del bibismo a través de la máquina del veneno que funciona sin parar en las redes sociales—y que puede desembocar en enfrentamientos violentos entre grupos políticos, especialmente si hay disputas sobre el resultado. También se teme que haya intimidación o altercados cerca de los centros de votación, por ejemplo, entre activistas de extrema derecha que "vigilen" la actividad las urnas en localidades árabes para disuadirlos de participar.
Una vez conocidos los resultados oficiales, y asumiendo que el bibismo los acepte como legítimos y no saquen las turbas a las calles—imitando el January 6 de Trump en Capitol Hill, lo cual es también un escenario más que probable—no es fácil ver en este momento cómo pueda formarse un gobierno alternativo que deje fuera del poder a Bibi y a sus secuaces corruptos e ineptos, así como a la extrema derecha mesiánica y racista, junto con los ultra-ortodoxos. No es que sea algo totalmente imposible, pero si algo que requerirá un tipo de conducta política que no sabemos si los líderes del actual bloque anti-Bibi—dentro del cual Gadi Eisenkot, que en el pasado fuera Comadante en jefe del Ejército, probablemente obtendrá más votos que sus posible aliados—sabrán sobrellevar.
¿Quién podrá formar gobierno?
Es posible, entonces, que en el más optimista de los escenarios, estemos enfrentando una situación parecida a la de 2021, cuando se formó el gobierno de Bennet-Lapid a pesar de lo improbable que parecía. Ese gobierno improbable trajo temporalmente mucha tranquilidad relativa y cordura a la vida diaria, aunque no hayan faltado problemas, y nos recordó que pueden existir políticos—y no necesariamente porque representen nuestras propias opiniones—que trabajen honesta, profesional e intensivamente para servir a los ciudadanos. Es lo mismo que se espera ahora de un gobierno que pudiera formarse bajo el liderazgo de Gadi Eisenkot.
Desfortunadamente aquella coalición inestable de 2021 se mantuvo en el poder tan sólo por dieciocho meses y dejó sin completar muchas de las metas en las que se cifraron las esperanzas (como la ley que limitaría la permanencia ilimitada en el poder de un Primer Ministro). A final de cuentas ese gobierno cayó luego de la deserción de dos parlamentarios catastróficamente esocogidos por el mismo Bennet como parte de su equipo inicial. Idit Silman y Amichai Chikli no supieron resistir ni la presión social de sus entornos ni el intento de soborno politico que Bibi supo aplicar eficientemente (ambos fueron nombrados ministros en el gobierno que Bibi formó a principios de 2023—protección del medio ambiente e igualdad social, respectivemente—y ambos fueron fracasos colosales, como todos los otros ministros de este úךtimo gobierno).

También es importante entender que en los comicios que se acercan, los partidos de la alternativa a Bibi son mayoritariamente de derecha, y eso corresponde a la realidad de la sociedad israelí que se ha movido fuertemente hacia la derecha, especialmente desde la masacre del 7 de octubre. Eso incluye posiciones de centro-derecha (Lapid y Eisenkot) o a veces posiciones ideológicamente mucho más a la derecha de Bibi mismo (Bennet, Lieberman). En realidad los partidos casi ni presentan planes y agenda política para su gestión, ni el público en general se interesa por ellas. El esfuerzo primario de las campañas electorales de la oposición se ha centrado en atraer bibistas decepcionados y votantes de la así llamada "derecha suave", pero aparentemente no han tenido mucho éxito en eso. Bibistas decepcionados que no se abstengan, votarán más que todo por Ben Gvir (sobre todo los más jóvenes), o por algunos de los partidos nuevos (Ofer Winter o Yoaz Hendel). Por otro lado, solamente una pequeña parte de los partidos alternativos puede denominarse “izquierda”, particularmente el partido Los Democráticos, liderados por Yair Golan, a quienes se les pronostica alrededor de 10-11 escaños.

Y están por supuesto los partidos árabes. Se estima que la forma en que ellos se presentan en estas elecciones—por un lado una unión de tres partidos, liderados por el abogado Yousef Jabareen, con raízes en el partido comunista, y por otro lado, el partido de Mansur Abbas (uno de los políticos más inteligentes y pragmáticos del país, quien ya participó en la coalición de Bennet en 2021)— logrará una participación mucho más alta que lo que tradiionalmente se da en la sociedad árabe, especialmente entre los votantes jóvenes (a menos que las turbas de choque de Ben Gvir logren su cometido de disuadirlos violentamente de llegar a las urnas). Una alta participación podría llevarlos conjuntamente a unos 13-16 escaños en la Knesset, o hasta más de eso.

Pero los líderes del bloque anti-Bibi (Eisenkot, Bennet, Lapid, Lieberman), así como los miembros de sus listas electorales, han declarado enfáticamente que nunca crearían un gobierno donde participen políticos árabes, y ni siquiera un gobierno de minoría apoyado desde afuera por árabes. Eso ya da una idea de la baja probabilidad de que se forme un gobierno de alternativa, que según los pronósticos nunca se acerca a los 60 escaños sin los partidos árabes. O dicho de otra manera, la única posibilidad de formar gobierno de alternativa es que algunos de los líderes de esos partidos incumplan sus promesas al electorado. Eso podría pasar.

Otro escenario en el que puede pensarse, y que involucraría también el incumplimiento de promesas al electorado, es el que lleve a un gobierno de unidad nacional encabezado por algún partido de alternativa (por ejemplo el partido de Eisenkot) junto con el Likud de Bibi. Es muy improbable dada la animosidad general contra Bibi y su manera de mentir sistemáticamente y no cumplir ningún acuerdo político a lo largo de años, peor no es imposible. La gran pregunta en este caso concernería la posibilidad de un indulto a Bibi, para que pueda retirarse de la vida política y no ser encarcelado al final de su interminable juicio. La posibilidad de indulto ha estado sobre la mesa ya casi desde el principio de los juicios. Es más, fue el mismo Aharon Barak, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia, quien lo propuso. Pero Bibi no está interesado y no creo que cambie su opinión al respecto, a menos de que tenga la soga al cuello, que es algo que no veo que vaya a pasar en el futuro próximo. Hay que recordar que este juicio ya lleva casi 10 años. Dentro de poco la juez principal se retira y va a haber que empezar todo desde un principio. Para llegar a un acuerdo jurídico, que exonera a Bibi de castigo a cambio de retirarse de la vida pública, es necesario que Bibi admita su culpa, aunque sea en un cargo menor de entre los graves de los que se le acusa. Es de dudar que él vaya a hacer algo así, aunque en nuestra realidad nada es imposible.
Un escenario interesante adicional del que se habla, que es plausible desde el punto de vista legal pero no sabemos si lo es políticamente hablando, se basa en un proceso en el que—mientras se llevan a cabo negociaciones y conversaciones para la formación de un gobierno que sea aprobado por alguna colación en la Kneseet, los partidos de alternativa, junto con los árabes, puedan ponerse de acuerdo para elegir a nuevo speaker de la Knesset, sacando del juego al actual, Amir Ohana del Likud. También se podrían escoger inmediatamente miembros de comisiones parlamentarias importantes, llegando a acuerdos con los partidos árabes. Seguiría una campaña relámpago de legislación, donde se anulen las leyes mas peligrosas que el gobierno de Bibi aprobó en los últimos años, de manera de reforzar nuevamente el poder judicial tan atacado por el gobierno actual. También se podría pasar una ley que prohiba que una persona bajo juicio pueda ser Primer Ministro, lo cual sacaría a Bibi del juego (absurdamente, la ley en Israel prohibe que quien esté en juico activo pueda ser nombrado ministro, pero no dice nada al respecto sobre el Primer Ministro, y esa es la situación jurídica que ha permitido a Bibi seguir en el poder mientras está siendo enjuiciado por corrupción y soborno). Todo esto puede hacerse con una nueva Kennser elegida, y antes de aprobar el nuevo gobierno.

¿Qué tan probable es un escenario de este tipo? Nadie puede saberlo en este momento. Lo que si sabemos a ciencia cierta es que, aún en el mejor de los escenarios para quienes desean ver un cambio que deje al gobierno corrupto e ineficiente de Bibi alejado del poder y de la vida pública, las dificultades que enfrentaría un gobierno alternativo van as ser tremendas, tanto en el frente iraní, como en Gaza y en lo que respecta a la violencia de los terroristas judíos en los territorios conquistados en la banda occidental, así como en el frente parlamentario interno y ante el aislamiento casi total de Israel en el mundo. Para un análisis más detallado de este punto, les recomiendo un texto publicado ayer en el blog de Jonathan Meta, y que pueden leer en este link.
La ruina moral, social, diplomática, institucional y política en la que el gobierno encabezado por Bibi a lo largo de tantos años ha sumido a nuestro querido país es tan profunda, que aún en un escenario optimista para el resultado de estas elecciones, tomará años, si no generaciones, para empezar a repararla. Pero la desesperanza no es un programa de trabajo, así que el martes saldremos todos a votar y seguiremos haciendo lo necesario—cada cual desde su posición y con las herramientas a su disposición—para cambiar el rumbo del navío y volver a ser un país relativamente normal.



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